La reina madre gozaba entre los micro terruños que componían su altar. Fieles servidoras continuaban trabajando, quizá para ser derruídas por alguna tormenta casual.Así de frágil percibí mi castillo, cuando me golpeó el azar con esa poderosa capacidad de deshacer en un segundo los momentos felices. Desde ese día, miro con más respeto a esas cúpulas estratégicamente construídas por cientos de nobles adeptos a la dueña y señora de los campos.
Claro, siempre y cuando no se coman las flores de mi jardín.

